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miércoles, 20 de febrero de 2013

Esos nuevos predicadores dominicales


Los vemos cada fin de semana en televisión acaparando, casi invariablemente, la portada de los informativos nacionales –sobre todo, los de mediodía-. Nos hablan encaramados a un púlpito diferente cada día y, en periodos de campaña electoral, a uno por la mañana y a otro –o varios- por la tarde. Ejercen una labor que históricamente ha estado reservada a otros y que ahora, ellos, aprovechando el altavoz inmejorable que suponen las televisiones, se han apropiado: predicar al pueblo. No es casualidad que nos martilleen sin cesar, desacreditando a sus rivales políticos, e intercalando consignas sobre lo bien que lo están haciendo –si están en el poder- o lo bien que lo harían –si lo estuvieran-. Su prédica dominical está justificada, como vamos a ver a continuación.

En mi libro, Las aristas borrosas del éxito (enlace aquí) se habla de la decisiva influencia que tienen los políticos en la marcha de las grandes corporaciones. En realidad, su influencia se ejerce sobre toda la sociedad. La extensa red de cargos públicos –municipales, regionales, estatales y supranacionales- ha concentrado el poder de decidir sobre casi todo, de forma directa y, sobre todo, de forma indirecta, legislando. A nadie se le escapa el gran impacto que tienen sobre nuestra vida diaria, por poner algunos ejemplos, los cambios en los impuestos, en la normativa laboral, en la privatización o nacionalización de empresas, y en la aprobación de nuevas infraestructuras.

Como nada en esta vida es perfecto, los políticos acumulan un gran poder –el poder que dan decisiones como las anteriores-, pero tienen a su vez una necesidad muy básica, que comparten con el resto de los mortales: necesitan financiación. Es decir, necesitan mucho dinero, para organizar los múltiples eventos, muchos de ellos multitudinarios, con los que sistemáticamente somos bombardeados en los informativos a los que antes me refería. Como ha quedado especialmente patente en estos días, los pocos minutos –a veces, segundos- a los que queda reducida en los informativos la intervención de alguno de estos predicadores lleva mucho más por detrás. Sobre todo, muchos gastos: el alquiler de un espacio con capacidad suficiente para albergar el congreso-reunión-mitin en cuestión, la estancia en el hotel –que suele ser de lujo- de una o varias noches para los participantes, las comidas en estupendos restaurantes, y hasta los viajes deben ser sufragados. Si consideramos que todos los sábados y domingos casi sin excepción hay un evento de este tipo, nos encontramos con cien actos al año. Y esto, sólo para los grandes líderes; si vamos bajando en la escala, pasando por los actos de los líderes regionales y los de los líderes locales, junto con los de las nuevas generaciones, la cantidad de eventos se multiplica. Por ello, como es fácil entender, los partidos necesitan mucho dinero. Además, hay que considerar los mastodónticos gastos que supone una campaña electoral: al frenesí de actos públicos como los mencionados antes hay que añadir la publicidad en todos los medios de comunicación –prensa, radio, televisión-, la publicidad estática en calles, en autobuses, la emisión de folletos, etc. Comparado con esto, los pequeños gastos correspondientes al sueldo que se abona a cargos del partido que perciben un sueldo exclusivo de éste, o en caso de cargos públicos, en forma de complemento adicional a su salario como cargo público, representan cantidades mínimas. También resultan casi despreciables las cantidades que se abonan a miembros del partido en concepto de ayuda por sufrir alguna situación extraordinaria –por ejemplo, a los afectados por un accidente sin derecho a indemnización, o por otra causa sobrevenida que pueda dañar su salud o sus propiedades-. Aunque está claro que son gastos que van sumando, además de los gastos por alquiler de los inmuebles habituales –sedes del partido en pueblos y ciudades-. Podemos ver de todo lo anterior que un partido político necesita recursos económicos en abundancia.

Alguien podría decir que estoy olvidando un punto clave: los ingresos. Todas las formaciones políticas reciben unas importantes subvenciones públicas anuales –unos 50 millones de euros recibieron entre los dos principales partidos en 2012- y, extraordinariamente, reciben ayudas en los periodos electorales para compensar sus gastos. Por otro lado, los afiliados a los partidos políticos también abonan cuotas periódicas por su afiliación a los mismos. Haciendo un ejercicio que considero optimista, podría considerarse que un partido político mayoritario podría disponer de un presupuesto de unos 50 millones de euros.

A nadie que se sienta capaz de hacer unos sencillos números se le escapará la insuficiencia de un presupuesto como el anterior para sufragar los gastos de diversa índole ya mencionados. Estamos hablando, según lo dicho antes, de organizar más de un millar de eventos al año. Además, como suele ocurrir con otras entidades colectivas –ayuntamientos, gobiernos regionales, estados y hasta equipos de fútbol-, el criterio habitual parece que no es gastar de forma proporcionada a lo que se ingresa, sino el contrario: gastar todo lo que se considera necesario, aunque los ingresos sean menores, y anotar la diferencia en el capítulo de deuda. Deuda pública, en el caso de instituciones públicas, y deuda con los bancos en el caso de los equipos de fútbol y de los partidos políticos. No es nada nuevo escuchar que tal o cual entidad bancaria ha condonado la deuda de muchos años a algún partido político.

Pero a lo que iba es a que el dinero recibido por vía ordinaria, por mucho que pueda ser, siempre parece poco. Hace falta más. Y aquí es donde entran los otros grandes financiadores: las grandes empresas, que a su vez son las principales beneficiadas de las medidas que promulgan los gobiernos municipales, regionales y nacionales, y devuelven a sus benefactores en forma de donaciones “desinteresadas” una parte de lo recibido. Hasta aquí todo podría parecer casi inocuo, si no fuera porque se puede reformular de otra forma: anticipando cuantiosos donativos a su partido político, estas grandes corporaciones pueden adquirir autoridad a la hora de reclamar a los gobernantes que se satisfagan sus intereses. Ocasiones no van a faltar: como mencionaba al principio, es tal la diversidad de ámbitos en los que los políticos toman decisiones, que se puede decir que hay mucho dinero para repartir –adjudicar-, que sólo está esperando a que alguien lo recoja.

Volviendo al asunto que origina esta entrada, detrás de los sermones, arengas, o discursos que nos llegan casi a diario –pero, principalmente, los fines de semana- yo escucho siempre la misma palabra subyacente: “votadme”. No es algo trivial, aunque pueda parecerlo a estas alturas. Es justamente la parte que falta para cerrar el círculo, y la que justifica que todo lo anterior sea así. Sin los votos, los políticos no tendrían ningún poder, y no podrían influir en forma de adjudicaciones a las grandes empresas, las cuales ya no realizarían generosas donaciones. Una cuestión importante, que merecería la pena analizar en detalle, es qué parte de los votos que recibe un partido son motivados por la persona en sí, y qué parte son los que se realizan en general, independientemente de la persona o personas que representen al partido en unas elecciones. Dado que en nuestro país los candidatos que figuran en las listas de un partido político son elegidos por los miembros del propio partido, y no por los ciudadanos –que sólo eligen entre listas ya cerradas por cada partido-, este punto ha sido fuente de debate en los últimos meses. El hecho de que las listas sean cerradas justifica, además, que en los partidos políticos proliferen los actos internos de todo tipo, y la abundante asistencia que muestran por parte de sus miembros, ya que constituyen excelentes oportunidades para promocionarse, más allá del trabajo en las oficinas del partido o en el cargo público que se ostente.

Como los expertos en publicidad conocen de sobra, cuanto más se muestra el producto y más veces se escucha el mensaje que lo acompaña, más probable es que se acabe comprando el producto. Por ello es por lo que nos vemos bombardeados sin pausa por estos personajes. En tiempos como los que corren, con multitud de casos de corrupción que se suman a una lista que parece no tener fin, parecería apropiado que abandonasen por un tiempo la autopromoción televisada, ya que su imagen queda inevitablemente asociada a estos extraños hechos. ¿Por qué no se alejan por un tiempo de la primera línea? Publicidad manda.

sábado, 9 de febrero de 2013

La búsqueda del poder


Hoy voy a hablar de algo que aparece continuamente presente en mi libro, Las aristas borrosas del éxito (enlace aquí). El poder y su búsqueda por parte de los que no lo tienen o, sobre todo, la lucha encarnizada por aumentarlo en los que ya lo tienen. Iba a indicar también la lucha por mantenerlo, pero lo cierto es que creo que muy pocos poderosos se conforman con el poder que tienen. Siempre quieren más, y luchan por ello, en ocasiones hasta la muerte -real o simbólica; entiéndase como la pérdida de todo-.

En este punto pueden venir a la mente algunos tópicos, como el de que el poder corrompe a las personas, y que el poder resulta adictivo. Creo que ambas frases son incorrectas, y que es la propia personalidad la que lleva al individuo a corromperse y a hacerse adicto. La respuesta está, una vez más, en la naturaleza humana. En cuanto a la primera observación –el poder corrompe-, tenemos que considerar en primer lugar que no todo el mundo es capaz -o no tiene la suerte- de hacerse con una parcela de poder. Considerando los ejemplos más típicos de ejercicio de poder, el poder político y el económico, es fácil constatar que no todo el mundo consigue llegar a la parte superior de la pirámide. Es necesario que se den una o varias de las condiciones que voy a enumerar, y en las que es fácil ubicar a la mayoría de ejemplos que vemos a diario en los medios de comunicación. Por un lado, hay quienes disponen de mucha influencia natural, es decir, derivada de la propia genealogía, que proporcionará avales, recomendaciones, y apoyo en el sentido más amplio, que les ayuda a escalar hasta lo más alto. Otra posibilidad es disponer a priori de gran capacidad económica, la cual, como sabemos, ayuda a abrir muchas puertas. Otra condición puede ser disponer de una personalidad especialmente emprendedora: bien arrolladora, que permita imponer una y otra vez la propia voluntad, bien muy persuasiva, para conseguir la influencia que no se obtendría de forma natural –genealógica-. Por último, como en cualquier otro orden de la vida, hay que tener en cuenta el factor suerte. Aquí podría aplicarse para cualquier persona que, un día cualquiera, recibe una inyección de poder enorme –e inesperada- en forma de un nombramiento, por defunción o abandono repentino de quien ocupaba el cargo, o en forma de acierto pleno en un sorteo de lotería. El factor suerte, como todos sabemos, es muy discutido porque hay quienes piensan que “la suerte se busca” o, también, “tiene suerte quien estaba ahí, dispuesto a recibirla”. Es decir, que también hay que estar preparado cuando la oportunidad pasa por delante de nuestra puerta.

El listado anterior no pretende ser exhaustivo, sólo sirve para mostrar que, en la inmensa mayoría de los casos, quienes ocupan el poder político o económico han llegado ahí por dos vías: gracias a su propio esfuerzo, o gracias a otros –causas endógenas o causas exógenas, respectivamente-. En el caso de quienes llegan arriba gracias a otros, la prueba de fuego no está en conseguir llegar arriba, sino en mantenerse allí. Y es en ese momento cuando han de considerarse las características propias del individuo. Si no tiene la fuerza suficiente para mantenerse por sí mismo, probablemente acabará cayendo, o bien será incapaz de soportar las presiones de los altos niveles, aunque mantenga la confianza de quienes le auparon ahí.

Siempre hay excepciones, pero en mi opinión, prácticamente todos los que llegan a una posición de poder comparten unas especiales características de personalidad: ambición, egoísmo, hostilidad, falta de modestia, competitividad. Estas posiciones de poder que menciono, en cuanto al poder político, al menos incluyen a las diferentes escalas: alcaldes y concejales, presidentes y consejeros regionales, presidentes estatales y ministros, y miembros de las ejecutivas de los partidos políticos. En el ámbito económico: presidentes, miembros de los consejos de administración, directores generales de las grandes empresas privadas, y también de organismos públicos: bancos nacionales y transnacionales, organismos públicos pluriestatales. Es decir, me estoy refiriendo a quienes acaparan día tras día las noticias que vemos en los medios de comunicación.

Mi conclusión es que toda esta gente ha hecho de la búsqueda del poder el sentido de su vida, y por ello se aferran a él con uñas y dientes, luchando hasta perderlo todo si es preciso por mantenerlo o aumentarlo. Es por ello por lo que nos encontramos con escenarios que muestran claramente falta de valores –ética, responsabilidad, coherencia, sensibilidad, competencia, orden, sentido del deber- y muestran todo lo contrario, llegando a parecer cómicos, o inaceptables en la mayoría de los casos para la gente normal. Y en estos tiempos difíciles, abundan –o mejor, se nos están mostrando- como nunca este tipo de situaciones que, al menos a mí, me parece que hacen ver cómo son en realidad los que llegan a lo más alto.